ENCUADERNACIÓN: DOBLE A

Taller Doble A. Foto: Miguel Marino

El Palacio Barolo fue el punto de encuentro con Agustina Arcos. Una joven emprendedora que, entre risas y mates, se encontraba dando un curso intensivo de encuadernación copta en su taller Doble A.

La luminosa oficina del Palacio, a pocas cuadras del Congreso Nacional, hace ya más de un año se encuentra inundada por cartones, papeles, hilos y agujas.
Todo comenzó con un hobby. Mientras se esforzaba por seguir adelante con su carrera de arquitectura en la UBA, Agustina descubrió que su obsesión por los detalles podía tener una descarga en las labores manuales y, tras darle una oportunidad a la joyería sin demasiado éxito, descubrió la encuadernación. Se enamoró del oficio y no tardó en comprarse una prensa y una guillotina para tener en su hogar todos los elementos necesarios para seguir encuadernando.

Agus en el taller. Foto: Miguel Marino

Agus en el taller. Foto: Miguel Marino

“No lo veía como una salida laboral ni nada. A mi me gustaba y tenía plata ahorrada así que me equipé. Después sí conseguí un trabajo, con el dueño de la productora Bertea Films, que tenía que hacer regalos para los clientes a fin de año. Me pidió un set de agendas y cuadernos con un toque artístico. Él quedó más que conforme y una de las clientas que recibió mis cuadernos, quien era directora de arte en YPF, me llamó para invitarme a licitar por un trabajo allí.”, explicó Agustina sobre sus primeros pasos.

Al poco tiempo, junto a un grupo de amigos, comenzaron a pensar en alquilar un lugar para trabajar en equipo, cada uno aportando su conocimiento. “Con ellos dijimos: tenemos que juntarnos y tener un espacio para compartir nuestros oficios. Pretendíamos enseñarnos entre nosotros y después se nos ocurrió que podíamos dar talleres para sostener el lugar. La verdad, no nos imaginábamos terminar acá ni locos.”, confiesa mientras da algunas puntadas en un papel.

De a uno, la mayoría de los integrantes del grupo fueron emprendiendo distintos proyectos y sus caminos se separaron, pero ella -junto a Erika, una sobreviviente más del equipo-  fue para adelante con la idea inicial. No disfrutaba de estudiar y su idea de aprendizaje pasaba por la práctica, estando a solas con el oficio. Todo a prueba y error.

Motivada por sus ideales, dejó su trabajo y se largó con Doble A, su emprendimiento. Facebook fue el medio de difusión justo y los clientes no tardaron el llegar. Tampoco los alumnos.

“Nuestro sueño arrancó en enero del año pasado. En marzo yo me pongo a dar clases en casa y en agosto, gracias a uno de mis alumnos que tenía una oficina en el Palacio Barolo, se vuelve a reflotar el tema de tener un taller. Él pasó a formar parte del proyecto y para octubre ya estábamos firmando el contrato de alquiler acá.”, comenta al tiempo que baja la cuchilla de la guillotina para dar los detalles finales a uno de los cuadernos de sus alumnas.

Fue así, casi por casualidad, que logró conseguir el espacio donde hoy se encuentra. Le llevó un tiempo equiparlo, pero lo hizo con sus propias manos. Construyó con madera los muebles que se necesitaban y llenó de color y pequeños cálidos detalles todo el lugar. Para enero de este año, Doble A ya se daba por inaugurado y estaba funcionando a toda máquina.

“Este es mi lugar de paz, mi taller. Apenas lo vi tuve que decir que sí, era perfecto. Hoy estando acá, la mesa nos pide, nos obliga a trabajar. Y lo hacemos con gusto. También se convirtió en un lugar de encuentro con espacio suficiente como para que cada uno haga lo que quiera y eso está buenísimo.”, cuenta Agustina con la voz tranquila y los ojos llenos de luz.

Es que, con treinta y dos años, se siente segura de dónde está parada. Conoce lo que quiere, sabe de lo que es capaz.  “No me da miedo el después, ya me acostumbré al cambio, perdí la sensación de incertidumbre. Probé un montón de cosas, tuve un montón de trabajos y proyectos e incluso me divertí en el proceso. Entonces sé que puedo seguir cambiando, bajarme de un proyecto si es que deja de funcionar y adaptarme a lo que pueda venir después.”, admite con orgullo y aplomo.

Pese a haber pasado por más de un rubro, sin embargo, Agustina se quedó con la encuadernación, que para ella es a fin de cuentas, brindar un servicio. Vender productos, con toda la labor que conlleva su producción, la inserción de una marca en el mercado y una economía tambaleante que acrecienta los riesgos, no es tarea fácil. En cambio, brindar un servicio resulta más ameno, menos estresante e increíblemente reconfortante.

“Esto me divierte, me apasiona y quienes vienen al taller se llevan algo de eso también. Pasan un buen momento y terminan  sorprendidos de ser capaces de hacer algo lindo con sus propias manos. ”, añade Agustina aclarando a la vez que no da clases a nivel oficio. El oficio, según ella, es algo mucho más profundo, que requiere tiempo y práctica. La encuadernación es en realidad, súper compleja, contiene cientos de variantes y su idea es hacerla accesible a cualquier persona.

El objetivo de cada taller en Doble A es entonces hacer llegar a los alumnos el conocimiento necesario para que puedan seguir haciendo cuadernos con elementos que pueden tener en casa.  “Es que para mi fue gratificante pasar de la joyería en la que se requerían un montón de herramientas a la encuadernación que, sabiendo hacer las cosas con prolijidad, en un ratito podes tener terminado algo muy lindo.”, aclaró la sonriente maestra, tras un breve receso en el que concluyó la clase del día: un curso intensivo que duró desde las once de la mañana hasta casi llegadas las siete de la tarde de un día  domingo.

Fue todo una gran red. Una red formada por distintas personas que, en mayor o menor medida hicieron su aporte para contribuir a lo que hoy es Doble A: el sueño cumplido de una joven que supo tomar herramientas de todo aquel que se cruzó en su camino para construirse como emprendedora.

“Y acá estamos, disfrutando de lo que pasó y totalmente agradecida de poder vivir de lo que me gusta. No decir nunca ‘no tengo ganas de ir a trabajar hoy’ es algo que no tiene precio”, concluyó Agustina, feliz.

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